Desde que mi primera sobrina tenía ocho años dejé de hablar con ella por teléfono (hace once años aproximadamente que vivo a 2500 kms. de Posadas) y acá vine, acá me quedé, no tenía demasiadas ganas pero me quedé, de a poco me amigué con el viento, el laburo, la vida. Dejé de hablar con Sofía porque terminábamos llorando las dos, dejé de hablar de a poco con todas las personas queridas por la misma razón o porque no tenía guita para llamadas de larga distancia o porque escribir un email corto me parecía una falta de respeto y esperaba tener un rato tranquila para escribir la carta como los destinatarios se merecían, ese tiempo jamás llegó y no creo que llegue nunca ya.
No pasa un sólo día sin que los tenga acá conmigo, no pasa el año nuevo sin que piense con mucha fuerza que ojalá estén riendo, jamás olvido sus cumpleaños pero no puedo hablar, no puedo, más de una vez me hallé haciendo un mensaje de texto con un nudo insoportable en la garganta.
Mi madre partió hace un par de semanas de vuelta a Posadas a esperar la llegada de dos nietos más. Fueron nueve largos meses, vos sabés que no es fácil pero qué madre o padre no representa un problema en mayor o menor medida para un hijo, de la misma manera en que seremos un problema para nuestros hijos, si es que los tenemos. Igualmente le agradecí lo bueno que hizo mientras estuvo acá, en esta casa que no es mía y que no me importa que no sea mía, que no me importa que en cualquier momento me digan "andate", porque el rechazo de los demás no me importa ya, aunque cansa un poco que digan que sos de una manera que no sos, cansa. Si mi madre dice que soy de una manera que no soy, no debe dolerme que alguien más piense así, si madre fuera la madre típica, lo cierto es que mi madre murió hace casi once años, era mi abuela, mi madre, mi hermana, mi amiga ella sabía quién era yo pero se murió, la extraño pero no la necesito, la extraño nomás de una manera asfixiante.
No sufro más que otros, no sufro menos que otros, no soy más importante que nadie si uno es sólo esto y en cualquier momento dejamos de ser.
La inexistente culpa me dio qué pensar, qué tan mala podía llegar a ser si es que no sentía culpa alguna. La verdad es que no me importa mucho nada, que la vida es así y será que quizás he cambiado o no, quizás antes mentía para no sentirme no-querida, quizás sea que ahora no me importa ser no-querida y miento que no me importa, y de nuevo el mí-yo-egoísmo que tampoco me importa demasiado si total, uno nunca termina de conocer a nadie ¿quién tiene la verdad absoluta si tampoco nos conocemos a nosotros mismos? ¿o no te encontraste nunca haciendo algo que jamás imaginaste que harías?
Estoy absolutamente fascinada con no saber qué va a pasar mañana.
Y acá tengo una revista que nunca voy a poder mostrarle a Javier, una remera que le encantaría a Raquel, un montón de botones para Silvia, un vino de las bodegas de acá para Gustavo, las mantas tejidas para mis sobrinas y sobrinos, los dulces caseros para Felipe y Lina, un babero precioso para el primer hijo de Carolina, la receta de los alfajores de piñones para Karina, las pizzas para Graciela, las tarjetas con hojas de los árboles de acá para Francisca, la carta escrita en papel para Zinha, el chaleco tejido para mi papá, el almanaque para mi mamá, los relojes para mis hermanos, la cerveza para Teresita, la puteada para Peque, la guitarreada con Fabiana, la letra de Galopera para Wilma, el abrazo para David, las ganas de San Bernardino, la placa del nicho de mi abuela, acá están.